El otro hombre trajo a Ginger; James se quedó cerca mientras nos estrigaban y nos limpiaban.
Jamás me habían limpiado con tanta delicadeza y rapidez como aquel viejecito.
Cuando hubo terminado, James se acercó y me tanteó por todas partes, como si pensara que no podía estar del todo limpio, pero halló mi pelaje tan limpio y suave como la seda.
—Bueno —dijo—, pensé que yo era bastante rápido, y nuestro John más rápido todavía, pero usted me gana a todo lo que he visto en cuanto a ser rápido y minucioso al mismo tiempo.
«La práctica hace al maestro —dijo el pequeño y jorobado caballerizo—, y sería una lástima que no fuera así; ¡cuarenta años de práctica y no ser un maestro! ¡ja, ja! eso sí que sería una lástima; y en cuanto a ser rápido, ¡vaya, hombre! eso no es más que cuestión de hábitos; si adquieres el hábito de ser rápido, resulta tan fácil como ser lento; más fácil, diría yo; de hecho, a mi salud no le sienta nada bien andar haraganeando en una tarea el doble del tiempo necesario. ¡Vaya, hombre! ¡No podría ni silbar si me arrastrase sobre mi trabajo como hacen algunos!
Verá usted, he estado entre caballos desde que tenía doce años, en cuadras de caza y en cuadras de carreras; y como soy pequeño, ya ve, fui jinete durante varios años; pero en Goodwood, ya ve, el césped estaba muy resbaladizo y mi pobre Larkspur sufrió una caída, y me rompí la rodilla, así que, por supuesto, ya no servía para eso.
Pero no podía vivir sin caballos, claro que no podía, así que me metí en lo de los hoteles.
Y os digo que es un verdadero placer manejar un animal como este, de buena casta, bien educado, bien cuidado; ¡bendito sea!