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XV. El viejo mozo de cuadra

El viejo mozo de cuadra

Después de esto, mis amos decidieron ir a visitar a unos amigos que vivían a unas cuarenta y seis millas de nuestra casa, y James debía llevarlos.

El primer día recorrimos treinta y dos millas. Había algunas cuestas largas y pesadas, pero James condujo con tanta prudencia y consideración que no nos agotamos en absoluto. Nunca olvidaba poner el freno al bajar una pendiente, ni quitarlo en el momento oportuno.

Nos mantuvo sobre la parte más lisa del camino y, si la subida era muy larga, ponía las ruedas del carro un poco atravesadas en la calzada para no retroceder y nos daba un respiro. Todos estos pequeños detalles ayudan mucho a un caballo, sobre todo si van acompañados de palabras cariñosas.

Nos detuvimos una o dos veces en el camino, y justo cuando el sol se ponía llegamos al pueblo donde íbamos a pasar la noche. Paramos en el hotel principal, que estaba en la plaza del mercado; era muy grande; entramos por un arco hacia un patio largo, en cuyo fondo estaban las caballerizas y los cocheros. Dos mozos de cuadra salieron a desensillarnos. El mozo principal era un hombre pequeño, simpático y activo, con una pierna zamba y un chaleco de rayas amarillas. Nunca vi a un hombre desatar los arneses tan rápido como él, y con una palmada y una buena palabra me llevó a una caballeriza larga, con seis o siete pesebres y dos o tres caballos.

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