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nydus/Black BeautyPublic
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XXXIV

Esa mañana me acarició el cuello más, creo, que nunca antes; una y otra vez con suavidad, como si estuviera pensando en otra cosa. Me encantaba sentir su mano en mi cuello y arqueé el penco con orgullo y felicidad; pero me quedé muy quieto, pues conocía todos sus estados de ánimo, y sabía cuándo le gustaba que estuviera tranquilo y cuándo alegre.

“No puedo contar todo lo que sucedió en ese día, pero relataré la última carga que hicimos juntos; fue a través de un valle justo frente a los cañones del enemigo.

Para entonces ya estábamos bien acostumbrados al estruendo de los cañones pesados, al tableteo de las descargas de mosquete y al vuelo de los proyectiles cerca de nosotros; pero jamás había estado bajo un fuego como aquel por el que cabalgamos en ese día.

Desde la derecha, desde la izquierda y desde el frente, las balas y los obuses llovieron sobre nosotros.

Muchos hombres valientes cayeron, muchos caballos rodaron, arrojando a su jinete por tierra; muchos caballos sin jinete salieron corriendo desbocados de las filas; luego, aterrorizados por estar solos, sin una mano que los guiara, se metieron a empujones entre sus viejos compañeros para galopar con ellos hacia la carga.

Por aterrador que fuera, nadie se detuvo, nadie dio media vuelta. A cada instante las filas se diezmaban, pero a medida que nuestros camaradas caían, nos cerrábamos para mantenernos unidos; y lejos de tambalearnos o flaquear en el paso, nuestro galope se volvía cada vez más rápido a medida que nos acercábamos al cañón.

“Mi amo, mi querido amo animaba a sus camaradas con el brazo derecho en alto, cuando una de las balas que zumbaba cerca de mi cabeza lo alcanzó. Sentí que se tambaleaba con el impacto, aunque no lanzó ningún grito; intenté frenar mi marcha, pero la espada se le cayó de la

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