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XXV. Reuben Smith

El hombre le habló entonces del clavo, y le preguntó si debía hacer revisar la herradura.

—No —dijo Smith—, eso estará bien hasta que lleguemos a casa.

Hablaba de un modo muy alto y displicente, y me pareció muy poco propio de él no ocuparse de la herrada, ya que por lo general era maravillosamente meticuloso con los clavos sueltos en nuestras herraduras.

No vino a las seis ni a las siete, ni a las ocho, y faltaba poco para las nueve cuando pasó a buscarme, y entonces lo hizo con voz fuerte y áspera.

Parecía de muy mal humor, y trató mal al caballerizo, aunque no supe por qué motivo.

El dueño de la casa se detuvo en la puerta y dijo: «¡Tenga cuidado, señor Smith!», pero él respondió con enojo y una maldición; y casi antes de haber salido del pueblo comenzó a galopear, dándome a menudo un fuerte latigazo con su fusta, aunque yo iba a toda velocidad.

La luna aún no había salido y estaba muy oscuro. Los caminos eran pedregosos, pues habían sido reparados recientemente; al ir sobre ellos a ese ritmo, mi herradura se aflojó y, al acercarnos a la caseta del peaje, se salió.

Si Smith hubiera estado en su sano juicio, se habría dado cuenta de que algo iba mal en mi ritmo, pero iba demasiado borracho para notarlo.

Más allá del peaje había un largo trozo de camino sobre el cual acababan de echar piedras nuevas: piedras grandes y filosas, sobre las cuales no se podía llevar a ningún caballo a galope rápido sin correr peligro. Por este camino, con una herradura menos, me vi obligado a galopar a la máxima velocidad, mientras mi jinete me azotaba con su

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