Solo la ignorancia
No sé cuánto tiempo estuve enfermo. El señor Bond, el veterinario, venía todos los días. Un día me sangró; John sostuvo un balde para la sangre. Me sentí muy débil después de aquello y pensé que iba a morir, y creo que todos los demás también lo pensaron.
Ginger y Merrylegs habían sido trasladados al otro establo, para que yo pudiera estar tranquilo, pues la fiebre me había vuelto muy sensible de oído; cualquier ruidito me parecía muy fuerte y podía reconocer los pasos de todos al ir y venir de la casa. Me enteraba de todo lo que pasaba.
Una noche, John tuvo que darme un brebaje; Thomas Green entró a ayudarle. Después de que me lo hube tomado y John me hubo acomodado lo mejor posible, dijo que se quedaría media hora para ver cómo me sentaba la medicina. Thomas respondió que se quedaría con él, así que fueron a sentarse en un banco que habían traído al box de Merrylegs, y dejaron el farol a sus pies para que la luz no me molestara.
Durante un rato ambos hombres permanecieron en silencio, y luego Tom Green dijo en voz baja:
—Desearía, John, que le dijeras una palabra amable a Joe. El muchacho está completamente desolado; no puede comer y no puede sonreír. Dice que sabe que todo fue su culpa, aunque está seguro de que hizo lo mejor que supo, y dice que si Beauty muere, nadie volverá a hablarle jamás. Se me parte el corazón al oírlo. Creo que podrías dirigirle al menos una palabra; no es un mal muchacho.
Después de una corta pausa, John dijo lentamente: —No debes ser demasiado duro conmigo, Tom. Sé que no lo hizo con mala intención,