La despedida
Ahora bien, yo había vivido en aquel feliz lugar tres años, pero tristes cambios estaban por sobrevenirnos. Oíamos de vez en cuando que nuestra ama estaba enferma. El médico frecuentaba la casa, y el amo se mostraba grave y preocupado.
Luego supimos que debía abandonar su hogar de inmediato e irse a un país cálido durante dos o tres años. La noticia cayó sobre la servidumbre como el tañido de una campana de difuntos.
Todos sentían pena; pero el amo comenzó de inmediato a hacer los preparativos para disolver su hogar y marchar de Inglaterra. Solíamos oír hablar de ello en nuestro establo; de hecho, no se hablaba de otra cosa.
John se dedicó a su trabajo en silencio y con tristeza, y Joe apenas si silbaba. Había mucho ir y venir; Ginger y yo teníamos trabajo de sobra.
Las primeras de la familia que se fueron fueron la señorita Jessie y Flora, con su institutriz. Vinieron a despedirse. Abrazaron al pobre Merrylegs como a un viejo amigo, y eso es lo que en verdad era.
Luego nos enteramos de lo que se había dispuesto para nosotros. El amo nos había vendido, a Ginger y a mí, a su viejo amigo el conde de W⸺, pues pensaba que allí tendríamos un buen lugar. A Merrylegs se lo había regalado al vicario, que andaba buscando un poni para la señora Blomefield, pero con la condición de que no fuera vendido jamás y de que, cuando ya no pudiera trabajar, fuera sacrificado y enterrado.
Joe fue contratado para cuidarlo y ayudar en la casa, así que pensé que Merrylegs estaba en buenas manos. A John le ofrecieron varios puestos buenos, pero dijo que esperaría un poco y echaría un vistazo.