como podía, con gran dolor. Estoy seguro de que se compadecía de mí, pues a menudo me acariciaba y me animaba, hablándome con voz agradable.
Por fin llegué a mi propio box y comí un poco de avena; y después de que Robert me envolviera las rodillas en paños húmedos, me vendó la pata con una cataplasma de salvado para extraer el calor y limpiarla antes de que el veterinario la viera por la mañana, y logré tumbarme en la paja y dormí a pesar del dolor.
Al día siguiente de que el herrador examinara mis heridas, dijo que esperaba que la articulación no estuviera lesionada; y que, de ser así, no perdería la aptitud para el trabajo, aunque jamás se me quitaría la marca. Creo que hicieron todo lo posible para lograr una buena cura, pero fue un proceso largo y doloroso. Las carnosidades, como las llamaban, me brotaron en las rodillas y fueron quemadas con cáustico; y cuando por fin sanaron, me aplicaron un líquido ampollador en la parte delantera de ambas rodillas para que se me cayera todo el pelo;