“No, señor, yo puedo llevarlo por usted a la posada, si le parece”.
“Hazlo, ahora mismo voy hacia allá”.
Avanzaron y a mí me llevaron detrás. El muchacho apenas podía contener su alegría, y el viejo caballero parecía disfrutar con su gozo. Me dieron una buena ración de comida en la posada, y luego un criado de mi nuevo amo me llevó pacientemente de regreso a casa y me soltó en un gran prado que tenía un cobertizo en uno de sus rincones.
El señor Thoroughgood, pues tal era el nombre de mi bienhechor, dio órdenes de que me dieran heno y avena todas las mañanas y por las noches, y acceso libre al prado durante el día, y —«tú, Willie», dijo—, «debes encargarte de su cuidado; te lo confío a ti».
El muchacho estaba orgulloso de su encargo y se lo tomó con toda seriedad.
No había día en que no me hiciera una visita; a veces escogiéndome de entre los otros caballos y dándome un trozo de zanahoria o alguna golosina, o bien acompañándome mientras me comía la avena.
Siempre venía con palabras amables y caricias, y por supuesto le tomé mucho cariño. Me llamaba Viejo Colega, ya que solía acercarme a él en el prado y seguirlo a todas partes.
A veces traía a su abuelo, quien siempre me examinaba las patas con atención.
—Este es nuestro punto, Willie —solía decir—, pero está mejorando tan constantemente que creo que veremos un cambio para bien en la primavera.
El perfecto descanso, la buena comida, el suave césped y el ejercicio moderado pronto comenzaron a reflejarse en mi estado y en mi ánimo.