aquella feria de caballos se dijeron más mentiras y hubo más trampas de las que un hombre listo podría relatar. Me pusieron con otros dos o tres caballos fuertes y de aspecto útil, y mucha gente vino a vernos. Los caballeros siempre se apartaban de mí al ver mis rodillas rotas; aunque el hombre que me tenía juraba que había sido solo un tropezón en el establo.
Lo primero era abrirme la boca, luego mirarme los ojos, palparme de arriba abajo las piernas, tantearme bien la piel y la carne, y después probarme el paso.
Era maravilloso la diferencia que había en la forma de hacer estas cosas. Algunos lo hacían de manera áspera y descuidada, como si uno fuera solo un trozo de madera; mientras que otros recorrían el cuerpo de uno con las manos con delicadeza, dándole una palmada de vez en cuando, como queriendo decir: «Con su permiso».
Por supuesto, juzgaba a los compradores en gran medida por sus modales conmigo.
Había un hombre, pensé, que si me compraba, yo sería feliz. No era un caballero, ni tampoco de ese tipo ruidoso y ostentoso que se hacen llamar así. Era más bien un hombre bajito, pero bien hecho y rápido en todos sus movimientos. Supe al instante, por la forma en que me trató, que estaba acostumbrado a los caballos; hablaba con suavidad y su ojo gris tenía una mirada amable y alegre. Puede parecer extraño decirlo —pero es verdad de todos modos— que el olor limpio y fresco que despedía hizo que me encariñara con él; nada de olor a cerveza vieja y tabaco, que tanto odiaba, sino un olor fresco como si hubiera salido de un pajar. Ofreció veintitrés libras por mí, pero se las rechazaron y se alejó. Lo miré con los ojos, pero ya se había ido, y apareció un hombre de aspecto muy duro y vozarrón. Tuve un miedo terrible de que me comprara; pero se marchó. Vinieron uno o dos más que no tenían