El iniciado estaba obligado al secreto absoluto sobre las verdades que se le iban a revelar y obligado a pagar por adelantado por dichas revelaciones. Para despertar su curiosidad, el Dai se detenía de repente en mitad de un discurso, y si el novicio terminaba negándose a pagar la suma requerida, se le dejaba en un estado de desconcierto que le infundía el deseo de saber más.
En el segundo grado, al iniciado se le persuadía de que todos sus antiguos maestros estaban equivocados y de que debía depositar su confianza únicamente en aquellos imanes dotados de autoridad por Dios; en el tercero aprendía que estos imanes eran los de los Ismailíes, en número de siete, terminando con Mahoma, hijo de Ismail, en contraposición a los doce imanes de los imamíes, que apoyaban las pretensiones del hermano de Ismail, Musa; en el cuarto se le decía que los profetas que precedían a los imanes descendientes de Alí eran también siete en número —a saber, Adán, Noé, Abraham, Moisés, Jesús, el primer Mahoma y, finalmente, Mahoma, hijo de Ismail—.
Hasta entonces, pues, no se le había dicho al iniciado nada que contradijera los amplios dogmas del islamismo ortodoxo.
Pero con el quinto grado comenzó el proceso de socavar su religión, ahora se le mandaba rechazar la tradición y desatender los preceptos de Mahoma;
- en el sexto se le enseñaba que todas las observancias