por los rosacruces. En palabras de De Quincey:
Habiendo sostenido la probabilidad de las pretensiones rosacruces basándose en que tales *magnalia Dei* habían estado confiadas desde la creación en adelante al cuidado de unos pocos individuos —conforme a lo cual afirma que Adán fue el primer rosacruz del Antiguo Testamento y Simeón el último—, prosigue preguntando si el evangelio puso fin a la tradición secreta. De ningún modo, responde: Cristo estableció un nuevo «colegio de magia» entre sus discípulos, y los mayores misterios fueron revelados a san Juan y san Pablo.
John Yarker, al citar este pasaje, añade: «Esto, como señala el Hermano Findel, era una pretensión de los gnósticos carpocracianos»; era también, como hemos visto, una parte de la tradición joanita que se dice fue impartida a los templarios. Encontraremos la misma idea de Cristo como un «iniciado» presente a lo largo de todas las sociedades secretas hasta el día de hoy.
Estas doctrinas atrajeron de forma natural sobre los rosacruces la sospecha de ser un grupo anticristiano. El autor de un panfleto contemporáneo publicado en 1624 declara que «esta cofradía es una estratagema de los judíos y hebreos cabalísticos, en cuya filosofía, dice Pico della Mirandola, todas