instituciones, los rabinos, filósofos, profesores y ocultistas judíos les han prestado su apoyo. No era entonces necesariamente que los judíos crearan estos movimientos, sino que sabían cómo aprovecharlos para sus propios fines.
Es así como en la Gran Rebelión los encontramos no entre los Ironsides de Cromwell ni entre los miembros de su Consejo de Estado, sino aportando dinero e información a los insurgentes, actuando como contratistas del ejército, agiotistas y superespías —o, para usar el término más eufónico del Sr. Lucien Wolf, como «agentes de inteligencia políticos» de extraordinaria eficacia.
Así, el Sr. Lucien Wolf, al referirse a Carvajal, «el gran judío de la República», explica que «las amplias ramificaciones de sus transacciones comerciales y sus relaciones con otros criptojudíos de todo el mundo lo situaron en una posición inigualable para obtener noticias de los enemigos de la República».
Es evidente que un «servicio secreto» de esta índole confirió a los judíos un formidable poder oculto, tanto más cuanto que su propia existencia era frecuentemente desconocida para el resto de la población que los rodeaba. Esta precaución era necesaria porque se suponía que los judíos no debían existir en esa fecha en Inglaterra.
En 1290 Eduardo I los había expulsado a todos, y durante tres siglos y medio habían permanecido en el exilio; los criptojudíos o marranos que habían llegado desde España se ingeniaron, sin embargo, para permanecer en el país adaptándose