haber sido suprimidos, todos los males que hoy denuncian los socialistas como peculiares del sistema que describen como «capitalismo» —fideicomisos, monopolios y acaparamientos— se habrían inaugurado con toda probabilidad en el transcurso del siglo XIV de una forma mucho peor que en la actualidad, dado que no existía legislación alguna para proteger a la comunidad en general. El sistema feudal, tal como percibieron Marx y Engels, era el principal obstáculo para la explotación por parte de una autocracia financiera.
Además, no es en modo improbable que este orden de cosas se hubiera producido por el derrocamiento violento de la monarquía francesa —en realidad, de todas las monarquías—; los templarios, «esos terribles conspiradores», dice Eliphas Lévi, «amenazaron al mundo entero con una inmensa revolución».
Aquí tal vez podamos encontrar la razón por la cual esta banda de nobles disolutos y rapaces se ha ganado la apasionada simpatía de los escritores democráticos.
Pues se observará que estos mismos escritores que atribuyen la condena de la Orden por parte del Rey a la envidia de su riqueza nunca aplican este argumento a los demagogos del siglo XVIII ni sugieren que sus acusaciones contra los nobles de Francia estuvieran inspiradas por la codicia, como tampoco admitirían jamás que un motivo semejante pueda intervenir en las diatribas contra los propietarios privados de riqueza de hoy en día.
Los templarios siguen siendo así el único grupo de capitalistas, con