tortura parece haber sido aplicada en una o dos ocasiones», con el resultado de que tres Caballeros confesaron todo y se les concedió la absolución.
En Southwark, sin embargo, «un número considerable de hermanos» admitió que «habían sido fuertemente acusados de los crímenes de negación y escupir, no dijeron que fueran culpables sino que no pudieron purificarse... y por tanto abjuraron de estas y de todas las demás herejías».
También se presentaron pruebas contra la Orden por parte de testigos externos, y se contaron las mismas historias de intimidación en la ceremonia de recepción.
A decir verdad, el resultado de la investigación no fue del todo satisfactorio, y los templarios fueron finalmente suprimidos en Inglaterra, como en otros lugares, por el Concilio de Viena en 1312.
En Francia se adoptaron medidas más rigurosas y cincuenta y cuatro caballeros que se habían retractado de sus confesiones fueron quemados en la hoguera como «herejes relapsos» el 12 de mayo de 1310.
Cuatro años más tarde, el 14 de marzo de 1314, el Gran Maestre, Jacques du Molay, corrió la misma suerte.
Ahora bien, por mucho que debamos execrar la barbarie de esta sentencia —así como las crueldades que la habían precedido—, esto no es motivo para que admitamos la pretensión de la Orden al noble martirio formulada por los historiadores que han abrazado su causa. El carácter de los templarios no queda rehabilitado por el