y cayó del Cielo.
Luego, auxiliado por los compañeros de su caída, creó el mundo visible, imagen del celestial, que tenía como aquel su sol, su luna y sus estrellas, y por último creó al hombre y a la serpiente que se convirtió en su ministro.
Más tarde Cristo vino a la tierra para mostrar a los hombres el camino al Cielo, pero Su muerte fue ineficaz, pues aun descendiendo a los Infiernos no pudo arrancarle el poder a Satanael, es decir, a Satanás.
Esta creencia en la impotencia de Cristo y la necesidad, por tanto, de aplacar a Satanás, no solo «el Príncipe de este mundo», sino su creador, condujo a la posterior doctrina de que Satanás, al ser todopoderoso, debía ser adorado.
Nicetas Choniates, historiador bizantino del siglo XII, calificó a los seguidores de este culto de «satanistas», porque «considerando a Satanás poderoso, lo adoraban para que no les hiciese daño»; posteriormente fueron conocidos como luciferinos, siendo su doctrina (según afirman Neuss y Vitoduranus) la de que Lucifer fue expulsado injustamente del Cielo, que un día volverá a ascender allí y será restituido a su antigua gloria y poder en el mundo celestial.
Los bogomilos y los luciferinos estaban, por tanto, estrechamente emparentados, pero mientras los primeros dividían su culto entre Dios y sus dos hijos, los segundos adoraban únicamente a Lucifer, considerando el mundo material como obra suya y sosteniendo