la faz de la tierra»; y «en los anales de los asesinos se halla la enumeración cronológica de hombres célebres de todas las naciones que cayeron víctimas de los ismailíes, para alegría de sus asesinos y dolor del mundo».
Inevitablemente, este largo y sistemático desenfreno en la sed de sangre recayó sobre las cabezas de los líderes, y los asesinos, al igual que los terroristas de Francia, terminaron volviéndose los unos contra los otros.
El Viejo de la Montaña en persona fue asesinado por su cuñado y su hijo Mohammed; Mohammed, a su vez, mientras «atentaba contra la vida de su hijo Jalal-ud-din, se vio anticipado por este con veneno, crimen que a su vez fue vengado con veneno», de modo que desde «Hasan el Iluminador» hasta el último de su estirpe los Grandes Maestres cayeron a manos de sus parientes más cercanos, y «el veneno y el puñal prepararon la tumba que la Orden había abierto para tantos».
Finalmente, en 1250, las hordas conquistadoras del jan mongol Möngke arrasaron la dinastía de los asesinos.
Pero, aunque como poderes reinantes los Asesinos y los fatimíes dejaron de existir, las sectas de las que procedían han continuado hasta el día de hoy; todavía cada año, en la celebración del Moharram, los chiíes se golpean el pecho y se rocían con sangre, invocando a voces a los héroes mártires Hasán y Huseín; los drusos del