principios del XVIII.
A partir de la disposición de los capítulos del Evangelio, M. Matter llega a la conclusión de que este estaba destinado a acompañar las ceremonias de alguna sociedad masónica o secreta. Volveremos sobre esta posibilidad en un capítulo posterior.
La antigüedad del manuscrito que contiene la historia de los templarios sigue siendo, por tanto, una cuestión abierta sobre la cual nadie puede emitir una opinión sin haber visto el original.
Para juzgar, pues, la probabilidad de la historia que contenía este manuscrito, es necesario consultar los hechos de la historia y descubrir qué pruebas pueden encontrarse de que una secta como la de los joanitas existiera en la época de las Cruzadas o antes.
Ciertamente no se conoce ninguno que haya recibido este nombre o uno parecido antes de 1622, cuando unos monjes portugueses informaron de la existencia de una secta a la que describieron como «cristianos de San Juan» que habitaban en las orillas del Éufrates.
Parece, sin embargo, que los monjes aplicaron mal dicha denominación, pues los sectarios en cuestión, conocidos de diversas formas como mandeos, mandaítas, sabeos, nazoreos, etc., se llamaban a sí mismos Mandaï Iyahi, es decir, los discípulos, o más bien los hombres sabios, de Juan; la palabra mandaï deriva de la palabra caldea manda, que corresponde a la palabra griega γνῶσις o sabiduría.
La multiplicidad de nombres dados a los mandeos surge al