obsesión.
Hasta cierto punto esto es comprensible. Mientras que en el continente la importancia de las sociedades secretas se da por sentada y las bibliotecas de las capitales extranjeras rebosan de libros sobre el tema, en este país la gente realmente se imagina que las sociedades secretas son cosas del pasado —hace muy poco aparecieron artículos en este sentido en dos de los principales periódicos de Londres—, al tiempo que en nuestro idioma no se ha escrito prácticamente nada de valor sobre ellas durante los últimos cien años.
De ahí que ideas que en el continente son lugares comunes parezcan aquí sensacionales y extravagantes. La mente del inglés no acepta fácilmente nada que no pueda ver, o a veces incluso nada que pueda ver y que no tenga precedentes en su experiencia, de modo que, al igual que el granjero del oeste americano, enfrentado por primera vez a la visión de una jirafa, su impulso es exclamar con enfado:
"¡No me lo creo!"
Pero aun concediendo todo lo posible a la sincera ignorancia y a la incredulidad, es imposible no reconocer un cierto método en la forma en que se alza el grito de «obsesión» o «fantasma».
Pues se notará que a las personas que se especializan en otros temas no se las describe como «obsesionadas». No oímos, por ejemplo, que el difunto profesor Einstein tuviera la Relatividad «en la cabeza» por haber