como una raza separada. Eliphas Lévi acepta esta genealogía y relata que «la Santa Cábala» era la tradición de los hijos de Set sacada de Caldea por Abraham, quien fue «el heredero de los secretos de Enoc y el padre de la iniciación en Israel».
Según esta teoría, que volvemos a encontrar propuesta por el francmasón estadounidense Dr. Mackey, existía, además de la Cábala divina de los hijos de Set, la Cábala mágica de los hijos de Caín, que descendió a los sabeos, o adoradores de las estrellas, de Caldea, adeptos a la astrología y a la nigromancia.
La hechicería, como sabemos, había sido practicada por los cananeos antes de la ocupación de Palestina por los israelitas; Egipto, la India y Grecia también tuvieron sus agoreros y adivinos. A pesar de las imprecaciones contra la hechicería contenidas en la ley de Moisés, los judíos, desoyendo estas advertencias, contrajeron el contagio y mezclaron la tradición sagrada que habían heredado con ideas mágicas en parte tomadas de otras razas y en parte ideadas por ellos mismos.
Al mismo tiempo, el aspecto especulativo de la Cábala judía tomó prestado de la filosofía de los magos persas, de los neoplatónicos y de los neopitagóricos. Existe, por tanto, cierta justificación en la afirmación de los anticabalistas de que lo que hoy conocemos como la Cábala no es de origen puramente judío.
Gougenot des Mousseaux, que había estudiado profundamente