enemigos del cristianismo, sino también del judaísmo ortodoxo, ya que era contra el Jehová de los judíos hacia el que se dirigía particularmente su odio. Otra secta gnóstica, los carpocracianos, seguidores de Carpócrates de Alejandría y de su hijo Epífanes —quien murió a causa de sus depravaciones y era venerado como un dios—, miraban asimismo con desprecio todas las leyes escritas, cristianas o mosaicas, y reconocían únicamente la γνῶσις o conocimiento otorgado a los grandes hombres de todas las naciones —Platón y Pitágoras, Moisés y Cristo—, el cual «libera a uno de todo lo que el vulgo llama religión» y «hace al hombre igual a Dios».
Así en los carpocracianos del siglo segundo hallamos ya la tendencia hacia esa divinización de la humanidad que constituye la doctrina suprema de las sociedades secretas y de los socialistas visionarios de nuestros días.
La guerra comienza ahora entre los dos principios en disputa: la concepción cristiana del hombre que se eleva hacia Dios y la concepción de la sociedad secreta del hombre como Dios, que no necesita ninguna revelación de lo alto ni otra guía que la ley de su propia naturaleza. Y dado que esa naturaleza es en sí misma divina, todo lo que emana de ella es loable, y aquellos actos que habitualmente se consideran pecados no deben ser condenados.
Siguiendo este razonamiento, los carpocracianos llegaron a conclusiones muy similares a las de los