es que la acusación de intriga jesuita detrás de las sociedades secretas ha emanado principal y notoriamente de las propias sociedades secretas y parecería haber sido un ardid adoptado por ellas para encubrir sus propias pistas. Nunca se ha presentado ninguna prueba de peso en apoyo de su tesis.
Los jesuitas, a diferencia de los templarios y los Illuminati, simplemente fueron suprimidos en 1773 sin la formalidad de un juicio, por lo que nunca se les dio la oportunidad de responder a los cargos formulados contra ellos ni, como en el caso de estas otras Órdenes, salieron a la luz sus estatutos secretos —si es que alguno existió—. El único documento que se produjo jamás como prueba de estas acusaciones fueron los «Monita Secreta», demostrados falsos desde hace mucho tiempo.
En cualquier caso, la correspondencia de los Illuminati proporciona su mejor exoneración. El marqués de Luchet, que no era amigo de los jesuitas, muestra lo absurdo que resulta confundir sus objetivos con los de los francmasones o los Illuminati, y describe a los tres como animados por propósitos totalmente diferentes.
En todas estas cuestiones es necesario buscar un motivo. No tengo ningún interés personal en defender a los jesuitas, pero pregunto: ¿qué motivo podían tener los jesuitas para formar o apoyar una conspiración dirigida contra todos los tronos y altares?
Se me ha respondido que los jesuitas en este período no se preocupaban