tratado continúa dando instrucciones para ver demonios quemando partes de un gato negro y colocando las cenizas en el ojo: «entonces al instante se percibe a los demonios».
El Talmud también explica que los demonios habitan particularmente en las gárgolas de las casas y son aficionados a beber de los cántaros de agua, por lo que es aconsejable verter un poco de agua de un cántaro antes de beber, para deshacerse de la parte impura.
Estas ideas recibieron un nuevo impulso con la publicación del Zóhar, el cual, según nos cuenta un escritor judío, «desde el siglo XIV ejerció un dominio casi ininterrumpido sobre las mentes de la mayoría de los judíos. En él se repiten y amplifican las leyendas talmúdicas relativas a la existencia y actividad de los shedhim (demonios), y se estableció una jerarquía de demonios correspondiente a la jerarquía celestial... El Nishmat Hayim de Manasés [ben Israel] está lleno de información acerca de la creencia en los demonios... Incluso los eruditos y cultos rabinos del siglo XVII se aferraron a dicha creencia».
Aquí, pues, no se trata de campesinos ignorantes que conciben visiones fantásticas a partir de sus propias imaginaciones atemorizadas, sino de los rabinos, los líderes reconocidos de una raza que reivindica tradiciones civilizadas y un alto orden de inteligencia, inculcando deliberadamente en sus discípulos el miedo perpetuo a las influencias demoníacas.
¿Cuánto de este miedo se comunicó a la