en Carcasona que hablaron de la «Figura Baflometi», y sugiere que era una corrupción de «Mahoma», a quien los Inquisidores querían hacer confesar a los Caballeros que se les enseñaba a adorar. Pero esta conjetura con respecto a las intenciones de los Inquisidores parece altamente improbable, ya que debían saber muy bien que, como señala Wilcke, los musulmanes prohíben todos los ídolos. Por esta razón Wilcke concluye que el mahometismo de los templarios se combinaba con el cabalismo y que su ídolo era en realidad el macroprosopos, o cabeza del Anciano de los Ancianos, representado como un anciano con una barba larga, o a veces como tres cabezas en una, a lo que ya se ha hecho referencia bajo el nombre de el Rostro Largo en el primer capítulo de este libro; una teoría que coincidiría con la afirmación de Eliphas Lévi de que los templarios fueron «iniciados en las misteriosas doctrinas de la Cábala». Pero Lévi pasa a definir esta enseñanza bajo el nombre de joanismo. Es aquí donde llegamos a una nueva teoría con respecto a la doctrina secreta de los templarios —la más importante de todas, ya que emana de fuentes masónicas y neotemplarias, descartando así de manera efectiva la tesis de que la acusación de apostasía de la fe católica lanzada contra la Orden es únicamente invención de escritores católicos.
En 1842 el masón Ragon relató que los