escrito y dado conferencias exclusivamente sobre esta cuestión, ni tampoco oímos que se sugiera que el señor Howard Carter está obsesionado con la idea de Tutankamón y que le vendría bien partir hacia el Polo Sur a modo de cambio.
Nuevamente, no todos aquellos que advierten al mundo sobre eventualidades que consideran un peligro son acusados de crear fantasmas. Así, aunque lord Roberts fue denunciado como alarmista por instar al país a prepararse para la defensa contra un diseño abiertamente confesado por Alemania tanto en discursos como en publicaciones, en 1921 el duque de Northumberland fue declarado víctima de una ilusión por creer en la existencia de un complot contra el Imperio británico que había sido proclamado en mil arengas y panfletos revolucionarios.
Gentes que, sin tomarse la molestia de aportar ni una sola prueba documental, habían dado la voz de alarma sobre la amenaza del «imperialismo francés» y afirmaban que nuestros antiguos aliados se dedicaban a construir una vasta flota de aeroplanos para atacar nuestras costas. No se les consideraba ni alarmistas ni dementes. Por el contrario, aunque los acontecimientos demostraron que algunas de estas mismas personas se habían equivocado por completo en sus pronósticos al principio de la Gran Guerra, todavía son consideradas oráculos y a veces incluso descritas como «mentes pensantes de media Europa».
Otro ejemplo de este tipo puede citarse en el caso del Sr. John Spargo, autor de