morada adecuada y pulcra en la cual rumió su viaje y su filosofía y los reunió en un verdadero memorial». Al cabo de cinco años de meditación, allí «le vino de nuevo a la mente la anhelada Reforma: en consecuencia, escogió a unos pocos allegados a él», los hermanos G.V., I.A. e I.O. —el último de los cuales «era muy experto y docto en la Cábala, como lo atestigua su libro H»—, para formar un círculo de iniciados. «De este modo comenzó la Fraternidad de la Cruz Rosada». Posteriormente se añadieron otros cinco hermanos, todos alemanes excepto I.A., y estos ocho constituyeron su nuevo edificio llamado Sancti Spiritus. Se redactó entonces el siguiente acuerdo:
Primero, que ninguno de ellos profesara otra cosa que curar a los enfermos, y eso gratis. Segundo, que ninguno de la posteridad estuviese obligado a llevar cierta clase de hábito, sino que en ello siguiera la costumbre del país. Tercero, que cada año, en el día C., debían reunirse en la casa Sancti Spiritus, o escribir la causa de su ausencia. Cuarto, que cada Hermano buscara a una persona digna que, tras su fallecimiento, pudiera sucederle. Quinto, que la palabra C.R. fuera su sello, marca y carácter. Sexto, que la Fraternidad permaneciera en secreto durante cien años.
Finalmente