maniqueos.
Fue entre los nobles de Languedoc donde los albigenses encontraron su principal apoyo. Esta «Judea de Francia», como ha sido llamada, estaba poblada por una amalgama de razas mestizas, ibéricas, galas, romanas y semíticas. Los nobles, muy diferentes de la «ignorante y piadosa caballería del Norte», habían perdido todo respeto por sus tradiciones.
"Hubo pocos que al retroceder no encontraran en su genealogía a alguna abuela sarracena o judía." Además, muchos habían traído a Europa la laxitud de costumbres que habían contraído durante las Cruzadas. El conde de Comminges practicaba la poligamia y, según las crónicas eclesiásticas, Raimundo VI, conde de Toulouse, uno de los más fervientes credentes albigenses, tenía su harén.
El movimiento albigense ha sido falsamente representado como una protesta meramente contra la tiranía de la Iglesia de Roma; en realidad fue una rebelión contra las doctrinas fundamentales del cristianismo; más que esto, contra todos los principios de la religión y la moralidad. Pues mientras algunos de los sectarios declaraban abiertamente que la ley judía era preferible a la de los cristianos, para otros el Dios del Antiguo Testamento era tan aborrecible como el "falso Cristo" que padeció en el Gólgota; el viejo odio de los gnósticos y maniqueos hacia el demiurgo revivió en estos rebeldes contra el orden social. Precursores de los libertinos del siglo XVII y de los iluminados del siglo XVIII, los nobles albigenses, bajo el