agazapa de pronto; y alzándose, muda a menudo Su vigilante acecho, cual quien busca el terreno Desde el cual, abalanzándose, asegure a ambos presos, Sujetos con sus garras: cuando Adán, el primero de los hombres, A la primera de las mujeres, Eva, dirigiéndole la palabra, Se volvió todo oído para escuchar fluir la nueva voz:
“Única compañera y única parte de todas estas alegrías, más cara tú misma que todo, bien debe el Poder que nos hizo, y para nosotros este amplio mundo, ser infinitamente bueno, y de su bien tan liberal y libre como infinito; que nos levantó del polvo y nos puso aquí en toda esta felicidad, nosotros que de su mano nada hemos merecido, ni podemos cumplir algo de lo cual él tenga necesidad; él que de nosotros no exige otro servicio que guardar este solo y fácil encargo —de todos los árboles del Paraíso que dan delicioso fruto tan variado, no probar aquel único Árbol del Conocimiento, plantado junto al Árbol de la Vida; tan cerca crece la muerte de la vida, sea lo que fuere la muerte; alguna cosa terrible sin duda; pues bien sabes que Dios ha pronunciado muerte probar ese Árbol—, la única señal de nuestra obediencia que queda entre tantas señales de poder y mando conferidas a nosotros, y el dominio dado sobre todas las demás criaturas que poseen tierra, aire y mar. No nos parezca entonces dura una sola prohibición fácil, nosotros que gozamos de libre licencia tan amplia para todas las demás cosas, y elección ilimitada de múltiples deleites; antes bien, alabémosle siempre y ensalcemos su generosidad, siguiendo nuestra deliciosa tarea, podar estas plantas en crecimiento y cuidar estas flores; lo cual, aunque fuera penoso, contigo aun sería dulce”.
A quien así respondió Eva:
«¡Oh, tú por quien y de quien fui formada, carne de tu carne, y sin quien no soy nada, mi guía y cabeza! Lo que has dicho es justo y recto. Pues a él debemos todos en verdad alabanzas, y gracias cotidianas; yo principalmente,