De vuelta de la persecución, tus huestes con gran aclamación a ti solo ensalzaron, Hijo del poder de tu Padre, para ejecutar feroz venganza sobre sus enemigos; no así sobre el Hombre; a él, caído por la malicia de aquellos, Padre de misericordia y gracia, no lo condenaste con tanta severidad, sino que te inclinaste mucho más a la piedad.
No bien tu querido y único Hijo notó que no estabas resuelto a condenar al frágil Hombre con tanta severidad, sino mucho más inclinado a la piedad, él, para apaciguar tu ira y terminar la pugna entre la misericordia y la justicia discernidas en tu rostro, sin importarle la dicha en la que moraba segundo de ti, se ofreció a morir por la ofensa del Hombre.
¡Oh amor sin ejemplo! ¡Amor en ninguna parte hallado menos que divino! ¡Salve, Hijo de Dios, Salvador de los hombres! Tu nombre será la copiosa materia de mi canto desde ahora, y jamás mi harpá olvidará tu alabanza, ¡ni de la alabanza de tu Padre la desunirá!
Así ellos en el Cielo, sobre la esfera estrellada, sus horas felices en gozo e himnos pasaban.
Entre tanto, sobre el firme globo opaco de este redondo Mundo, cuyo primer convexo divide los luminosos orbes inferiores, cercado del Caos y la incursión de la antigua Oscuridad, aterrizó Satanás y camina. Globo lejano parecía; ahora parece un continente sin límites, oscuro, yermo y salvaje, bajo el ceño de la Noche sin estrellas expuesto, y las siempre amenazantes tormentas del Caos bramando en torno, inclemente cielo; salvo por aquel lado que del muro del Cielo, aunque muy distante, algún pequeño reflejo recibe de aire tenue menos acosado por tempestad rumorosa: aquí caminaba el Demonio a sus anchas por espacioso campo.