«Uzziel, la mitad retiraos, y bordead el sur Con la más estricta vigilancia; estos otros girad hacia el norte: Nuestro circuito se une de pleno en el oeste». Como llama se separan, Girando la mitad hacia el escudo, la mitad hacia la lanza. De entre ellos, a dos espíritus fuertes y sutiles llamó Que cerca de él estaban, y les dio esta orden:
“Ithuriel y Zefón, con alada rapidez registrad por este jardín; no dejéis rincón sin buscar; mas principalmenta donde esas dos bellas criaturas moran, ahora tal vez tendidas, dormidas, confiadas de todo mal. Esta tarde, desde la puesta del sol, ha llegado quien habla de cierto Espíritu infernal visto encaminado hacia aquí (¿quién lo hubiera pensado?), evadido de las barras del Infierno, con maléfica misión, sin duda: a tal ser, donde lo halléis, apresad firmemente y traedlo aquí”.
Así diciendo, guio al frente sus filas radiantes, deslumbrando a la luna; estas se dirigen al cenador en busca de aquel a quien buscaban. Allí lo hallaron agazapado a modo de sapo, muy cerca del oído de Eva, intentando por su arte diabólico alcanzar los órganos de su fantasía, y con ellos forjar ilusiones a su antojo, fantasmagorías y sueños;
O bien si, inspirando veneno, pudiera corromper los espíritus animales, que de la sangre pura surgen como suaves alientos de ríos puros, para elevar desde allí al menos pensamientos alterados, descontentos, vanas esperanzas, vanos propósitos, deseos inmoderados, inflados de altas vanidades que engendran orgullo.
A él, así absorto, Ithuriel con su lanza lo tocó levemente; pues ninguna falsedad soporta el toque de temple celestial, sino que vuelve a la fuerza a su propia semejanza: de un salto se incorpora, descubierto y sorprendido.