continente hacia orbes más altos. El sol, que luz imparte a todos, recibe De todos su recompensa alimenticia En húmedas exhalaciones, y al atardecer Cena con el océano. Aunque en el Cielo los árboles De la vida den frutos ambrosiales, y las vides Produzcan néctar; aunque de las ramas cada mañana Pincelemos rocíos melífluos, y hallemos el suelo Cubierto de grano perlado; aun así Dios ha variado aquí Su generosidad con nuevos deleites tales Que pueden compararse con el Cielo; y al probarlos No creáis que he de ser melindroso.”
Así que se sentaron y dieron cuenta de sus viandas; ni en apariencia el Ángel, ni en niebla —la común glosación de los teólogos—, sino con vivo apremio de hambre real y calor concoctivo para transubstanciar: lo que sobra transpira a través de los Espíritus con facilidad; ni extrañéis si por el fuego del carbón fuliginoso el alquimista empírico puede convertir, o tiene por posible convertir, metales del mineral más vago en oro perfecto, igual que desde la mina.
Mientras a la mesa Eva servía desnuda, y sus copas rebosantes coronaba con placenteros licores. ¡Oh inocencia digna del Paraíso! Si alguna vez, entonces, entonces los Hijos de Dios tuvieron excusa para estar enamorados de tal vista; mas en aquellos corazones reinaba el amor no libidinoso, ni se conocía la celotipia, el infierno del amante ofendido.
Así, cuando de manjares y bebidas se hubieron saciado, sin agobiar a la naturaleza, de pronto surgió en Adán el propósito de no dejar pasar la ocasión, que le brindaba esta gran conferencia, de saber de las cosas por encima de su mundo, y de la existencia de aquellos que moran en el Cielo, cuya excelencia veía trascender tan de lejos la suya, cuyas formas radiantes—divina fulgencia—, cuyo gran poder tanto excedía al humano; y así dirigió su prudente discurso al ministro empíreo: