Mas no tan despierto Satanás —así llamadle ahora; su antiguo nombre no se vuelve a escuchar en el Cielo—. Él, de los primeros, si no el primero de los Arcángeles, grande en poder, en favor y preeminencia, mas henchido de envidia contra el Hijo de Dios, que aquel día honrado por su gran Padre y proclamado Mesías, Rey ungido, no pudo soportar por soberbia tal visión, y se creyó menoscabado. Concebiendo de ahí honda malicia y desdén, tan pronto como la medianoche trajo la hora sombrora más propicia al sueño y al silencio, resolvió con todas sus legiones desalojar, y dejar inadorado, desobedecido, el trono supremo, con desprecio; y, a su inmediato subordinado despertando, de este modo le habló en secreto:
“ ¿Duermes, compañero querido? ¿Qué sueño puede cerrar tus párpados? ¿Y recuerdas qué decreto, tan tarde ayer, ha pasado por los labios del Todopoderoso del Cielo? Tú a mí tus pensamientos solías confiar, yo los míos a ti; ambos despiertos éramos uno; ¿cómo, pues, puede ahora tu sueño disentir? Nuevas leyes ves impuestas: nuevas leyes de quien reina pueden suscitar nuevas mentes en nosotros que servimos, nuevos consejos, para debatir lo que dudoso pueda sobrevenir; más en este lugar no es seguro decir. Convoca tú al jefe de todas aquellas miríadas que mandamos; diles que, por mandato, antes de que la tenue noche retire su nublada sombra, he de apresurarme, y todos los que bajo mí ondean sus banderas, con marcha veloz hacia el hogar donde poseemos los cuartos del Norte, allí para preparar el recibimiento adecuado para acoger a nuestro Rey, el gran Mesías, y sus nuevos mandatos, que velozmente a través de todas las Jerarquías se propone pasar triunfante, y dar leyes”.