donde estaba sentada apartada pero a la vista, con majestad humilde de su asiento, y una gracia que inducía a quien la veía a desear que se quedara, se levantó y salió entre sus frutas y flores, para comprobar cómo prosperaban, capullo y flor, su vivero; ellos a su llegada brotaron, y, tocados por su hermoso cuidado, crecieron más alegres.
Mas no se fue porque de tales pláticas no se sintiera a gusto, ni incapaz fuese su oído de lo excelso; tal deleite se reservaba al relatar Adán, siendo ella su única oyente; a su marido prefería al Arcángel como fuente, y antes quería interrogarle a él; sabía que él sabría mezclar gratas digresiones y resolver la altiva disputa con caricias conyugales: no solo de sus labios le placían las palabras. ¡Oh!, ¿dónde hallarse hoy parejas tales, unidas por amor y mutua honra?
Conante de diosa en pos salió, No desatendida; pues como a reina Una pompa de Gracias cautivadoras la seguía siempre, Y de en torno a ella lanzaban dardos de deseo A todas las miradas, para anhelar verla siempre.
Y Rafael, a la duda de Adán, con benevolencia y facilidad propuso y respondió así:
“Pedir o investigar no te culpo; pues el cielo como el Libro de Dios se te presenta, en donde leer sus obras maravillosas, y aprender sus estaciones, horas, o días, o meses, o años: A esto llegar, ya se mueva el cielo o la Tierra, poco importa, si bien cuentas; lo demás del Hombre o del Ángel el gran Arquitecto con sabiduría ocultó, y no divulgó sus secretos, para ser escrutados por quienes deben más bien admirar. O si gustan de intentar conjeturas, la fábrica de los cielos él ha dejado a sus disputas, tal vez para mover a risa sus extravagantes opiniones algún día, cuando vengan a modelar el cielo, y calcular las estrellas; cómo manejarán la poderosa estructura; cómo construirán, desharán, idearán, para salvar las apariencias; cómo ceñirán la esfera de céntricos y excéntricos toda garabateada, ciclo y epiciclo, orbe en orbe.