seguros. ¿Cómo contemplaré el rostro De Dios o de un Ángel de aquí en adelante, antes con gozo Y arrebato tantas veces contemplado? Esas formas celestiales Deslumbrarán ahora a esta terrena con su fulgor Insufriblemente brillante. Oh, pudiera yo aquí En soledad vivir montaraz, en algún claro Oscuro, donde los más altos bosques, impenetrables A estrella o luz solar, extiendan su amplia umbría, ¡Y parda como la tarde! ¡Cubridme, pinos! ¡Cedros, con innumerables ramas Ocultadme, donde jamás los vuelva a ver! Mas devose ahora, como en mal trance, Qué pueda servir mejor por el ahora para ocultar Las partes de cada uno de la otra que parecen más Expuestas a la vergüenza, y más indecorosas de ver; Algún árbol, cuyas anchas hojas lisas cosidas juntas, Y ceñidas a nuestros lomos, puedan cubrir por entero Esas partes medias, para que este recién venido, la Verguenza, No se siente allí, y nos reproche como impuros”.
Así aconsejó, y ambos juntos fueron al espeso del bosque; allí pronto escogieron la higuera —no aquella clase célebre por su fruto, sino tal como hoy, conocida por los indios, en Malabar o Decán extiende sus brazos, ramificándose tan ancha y larga que en el suelo las ramas dobladas echan raíces, y crecen hijas alrededor del árbol madre, una sombra columnaria altamente abovedada, y paseos resonantes entre ellas: allí a menudo el boyero indio, huyendo del calor, se refugia en el fresco y cuida sus rebaños pastantes por portillos cortados a través de la espesísima sombra.
Aquellas hojas juntaron, anchas cual pavés amazónico, y con la habilidad que poseían las cosieron juntas para ceñir su talle; ¡vano atavío, si era para ocultar su culpa y temida vergüenza! ¡Oh, cuán diferente de aquella primera gloria desnuda! Así hace poco halló Colón al americano, así ceñido de un cinturón de plumas, por lo demás desnudo y salvaje entre los árboles, en islas y riberas boscosas.
Así cercados, y, según creían, en parte cubierta su vergüenza, mas sin reposo ni paz de espíritu, se sentaron a llorar; y no solo lágrimas llovieron