Concluyó, y sus palabras, llenas de astucia, en su corazón ganaron demasiado fácil entrada.
Fija en el fruto estaba su mirada, que por solo mirarlo tentaría, y en sus oídos resonaba aún el eco de sus persuasivas palabras, impregnadas de razón, según creía, y de verdad.
Mientras tanto la hora del mediodía avanzaba, y despertó un apetito ávido, avivado por el olor tan sabroso de aquel fruto, que con deseo, dispuesto ya ahora al tacto o al gusto, solicitaba su codicioso ojo; mas primero, haciendo una pausa un momento, así para sus adentros meditó:
“Grandes son tus virtudes, sin duda, el mejor de los frutos, Aunque vedado al Hombre, y digno de ser admirado, Cuyo sabor, postergado por mucho tiempo, al primer ensayo Dio elocuencia al mudo, y enseñó A la lengua no hecha para hablar a proferir tu alabanza.
Tu alabanza también quien prohíbe tu uso no nos la oculta, llamándote el Árbol del Conocimiento, ciencia del bien y del mal; nos prohíbe entonces probarte;