mejor, con lo que pueda idearse de nuevos honores, recibirlo a él que viene a recibir de nosotros el tributo de rodillas aún no pagado, ¡vileza de la postración! ¡Demasiado para uno! Pero el doble, ¿cómo soportarlo ante uno y ante su imagen ahora proclamados? Mas, ¿y si mejores consejos pudieran levantar nuestras mentes y enseñarnos a sacudir este yugo? ¿Os someteréis al cuello y elegiréis doblar la flexible rodilla? No lo haréis, si confío en conoceros bien, o si os conocéis a vosotros mismos como nativos e Hijos del Cielo poseídos antes por nadie, y si no todos iguales, al menos libres, igualmente libres; pues los órdenes y grados no desentonan con la libertad, sino que bien se concilian. ¿Quién puede, pues, en razón o en derecho, asumir la monarquía sobre aquellos que viven por derecho como sus iguales —si bien menores en poder y esplendor, iguales en libertad—, o puede introducir leyes y edictos sobre nosotros, que sin ley no erramos? ¡Mucho menos para que este sea nuestro Señor y espere adoración, en abuso de esos títulos imperiales que afirman que nuestro ser está ordenado para gobernar, no para servir!”.»
—Hasta aquí su audaz discurso sin réplica tuvo audiencia, cuando entre los Serafines