Así ellos sus dudosas deliberaciones oscuras terminaron, regocijándose en su incomparable Jefe:
Como cuando desde las cumbres de los montes las oscuras nubes, ascendiendo mientras duerme el Aquilón, cubren el alegre rostro del cielo, y el amenazante elemento frunce el ceño sobre el sombrío paisaje con nieve o chubasco; si por acaso el radiante sol con dulce despedida extiende su rayo vespertino, los campos reviven, las aves renuevan sus notas y los baladores rebaños atestiguan su gozo, de modo que monte y valle resuenan.
¡Oh vergüenza para los hombres! El demonio con el demonio condenado mantiene firme concordia; solo los hombres discrepan de las criaturas racionales, aun bajo la esperanza de la gracia celestial; y, proclamando Dios la paz, viven todavía en odio, enemistad y discordia entre ellos mismos, y levantan crueles guerras, asolando la Tierra, para destruirse los unos a los otros: como si (lo que podría inducirnos al acuerdo) ¡no tuviera el hombre enemigos infernales bastantes además, que día y noche aguardan su destrucción!
Así disuelto el Estigio concilio; y en orden salieron los grandes Pares infernales; en medio vino su poderoso Soberano, y parecía solo el antagonista del Cielo, ni menos que el temible Emperador del Infierno, con pompa suprema, y estado imitado al divino; a su alrededor un globo de ardientes Serafines lo cercaba con brillante heráldica y armas horribles.
Terminada su sesión, mandaron proclamar con voz real de trompeta el gran resultado: hacia los cuatro vientos cuatro veloces Querubines se llevaron a la boca la sonora alquimia, explicada por la voz del heraldo; el hondo Abismo la oyó a lo largo y a lo ancho, y toda la hueste del Infierno respondió a aquello con un grito ensordecedor y una aclamación ferviente.