Tan espesa la multitud aérea se aglomeraba y apretaba; hasta que, dada la señal, ¡ved qué maravilla! ellos, que hacía un momento parecían superar en tamaño a los hijos gigantes de la Tierra, ahora, más pequeños que los enanos más diminutos, en reducido espacio se apiñan sin número, como aquella raza pigmea más allá del monte índigo; o los elfos feéricos, cuyasvejadas nocturnas, junto al borde de un bosque o una fuente, ve algún campesino rezagado, o cree ver, mientras en lo alto la luna reina arbitra, y más cerca de la Tierra rueda su pálida ruta; ellos, en su regocijo y danza atentos, con alegre música embelesan su oído; de gozo y miedo a un tiempo su corazón repica.
Así los incorpóreos Espíritus a las formas más pequeñas redujeron sus inmensas figuras, y quedaron libres, aunque sin número aún, en medio del salón de aquella corte infernal.
Mas en lo hondo, y en sus propias dimensiones como ellos, los grandes Lores Serafines y Querubines, en estrecho retiro y cónclave secreto, se sentaban, mil semidioses en tronos de oro, frecuentes y plenos.
Tras breve silencio, pues, y leída la convocatoria, el gran concilio dio comienzo.