al pasar; y largo tiempo vagó, hasta que al fin un destello de luz matutina guió presuroso hacia allí sus fatigados pasos. A lo lejos avista, ascendiendo en grados magníficos hasta el muro del Cielo, una alta estructura; en cuya cúspide, pero mucho más rico, aparecía el trabajo como de la puerta de un palacio real, con un frontispicio de diamante y oro embellecido; con chispeantes gemas orientales brillaba el portal, inimitable en la Tierra por modelo, o trazado por lápiz sombreador.
Eran tales las gradas cuales vio Jacob ángeles ascendiendo y descendiendo, huestes de guardianes brillantes, cuando huyó de Esaú a Padán-Aram, en el campo de Luz soñando de noche bajo el cielo abierto, y al despertar gritó: «Esta es la puerta del Cielo». Cada grada era un misterio, ni permanecía allí siempre, sino que a veces era alzada al Cielo sin ser vista; y debajo fluía un mar brillante de jaspe, o de perla líquida, sobre el cual quienes después llegaron de la Tierra navegando arribaron, llevados en vilo por ángeles, o volaron sobre el lago, arrebatados en un carro tirado por corceles de fuego.