“Gabriel, a ti tu suerte te ha encomendado el encargo y la estricta vigilancia de que a este feliz lugar ninguna cosa mala se acerque o penetre. Hoy, a mediodía, vino a mi esfera un Espíritu, celoso, según parecía, de conocer más de las obras del Omnipotente, y principalmente al Hombre, la última imagen de Dios. Describí su camino dispuesto por completo a la velocidad, y noté su marcha aérea; mas en el monte que yace al norte del Edén, donde primero posó, pronto discerní su semblante ajeno al Cielo, oscurecido por pasiones inmundas. Mi ojo lo persiguió aún, pero bajo la sombra le perdió de vista. Uno de la hueste desterrada, me temo, se ha aventurado desde el Abismo para suscitar nuevos problemas; tu cuidado habrá de ser encontrarlo”.
A quien el alado guerrero respondió así:
“Uriel, no es de extrañar que tu vista perfecta, en el círculo brillante del Sol donde te sientas, vea lejos y a lo ancho. Por esta puerta nadie pasa la vigilancia aquí apostada, salvo los que vienen bien conocidos del Cielo; y desde la hora meridiana ninguna criatura de allí. Si un Espíritu de otra clase, con tal propósito, ha saltado estos límites terrenales, bien sabes que es difícil excluir