Como al caer chispa en un montón de nitro, dispuesto en su barrica para un polvorín, con que aprovisionarse contra una guerra incierta, el negro grano, de súbita llamarada difusa, inflama el aire: así irguióse en su propia forma el Demonio.
Retrocedieron esos dos bellos Ángeles, medio atónitos al ver tan de repente al sombrío Rey; mas así, inmunes al miedo, le hablan pronto:
“¿Cuál de aquellos Espíritus rebeldes confinados al Infierno vienes, huido de tu prisión? Y, transformado, ¿por qué estabas sentado como un enemigo al acecho, vigilando aquí a la cabeza de estos que duermen?”
“¿Pues qué, no me conocéis?”, dijo Satanás, lleno de desprecio. “¿No me conocéis? ¡Una vez me supisteis no apto para ser vuestro igual, sentado allí donde no osaríais volar! No conocerme demuestra que sois unos desconocidos para vosotros mismos, los más bajos de vuestra muchedumbre; o si me conocéis, ¿a qué preguntáis, y comenzáis de manera superflua vuestro mensaje,