Mezclado con azufre tartáreo y fuego extraño, Los tormentos por él mismo inventados.
Mas quizás parezca el paso arduo y empinado de escalar con ala recta contra un enemigo más alto. Piensen tales en esto —si es que el húmedo sopor de aquel lago olvidadizo aún no los entumece—: que por movimiento propio ascendemos hasta nuestra sede nativa; el descenso y la caída nos son adversos.
¿Quién de nosotros no sintió hace poco, cuando el fiero enemigo acosaba insultante nuestra retaguardia rota y nos perseguía por el abismo, con qué compulsión y laboriosa huida caímos tan bajo?
El ascenso es fácil entonces; se teme el evento; si de nuevo provocamos a nuestro más fuerte, algún camino peor su ira puede hallar para nuestra destrucción—¡si es que hay en el Infierno temor a ser peor destruidos!
¿Qué puede haber peor que habitar aquí, expulsados de la dicha, condenados en este aborrecido abismo al más hondo dolor; donde el dolor del fuego inextinguible ha de atormentarnos sin esperanza de fin, vasallos de su ira, cuando el flagelo inexorable y la hora torturante nos llaman a penitencia?
Más destruidos que esto, del todo seríamos aniquilados y expiraríamos. ¿Qué tememos entonces? ¿Qué dudamos en soliviantar su máxima ira? La cual, llevada al colmo de la furia, o bien nos consumirá por completo y reducirá a la nada esta esencia nuestra —¡mucho más feliz que tener un ser eterno en la miseria!—, o bien, si nuestra substancia es en verdad divina y no puede dejar de ser, en el peor de los casos estamos más acá de la nada; y por experiencia sentimos que nuestro poder basta para perturbar su Cielo, y con perpetuas incursiones alarmar, aunque sea inaccesible, su fatídico trono: lo cual, si no es la victoria, es al menos la venganza».