En suelo celestial se hallaban, y desde la orilla contemplaron el vasto e inconmensurable Abismo, turbulento como el mar, oscuro, estéril, salvaje, revuelto desde el fondo por furiosos vientos y olas encrespadas, como montañas, para asaltar la altura del Cielo, y mezclar con el centro el polo.
“‘Silencio, olas turbulentas, y tú, Abismo, paz’, dijo entonces la Palabra omnífica: ‘¡fin a vuestra discordia!’. Y no se detuvo; sino que, en las alas de los Querubines alzado, en gloria paternal cabalgó muy adentro del Caos y del Mundo por nacer; pues el Caos oyó su voz. Todo su séquito le siguió en brillante procesión, para contemplar la Creación y las maravillas de su poder. Se detuvieron entonces las ruedas fervientes y en su mano tomó el compás de oro, preparado en el eterno almacén de Dios, para circunscribir este Universo y todas las cosas creadas. Un pie fijó en el centro, y el otro giró a través de la vasta y oscura profundidad, y dijo: ‘Hasta aquí extiéndete, hasta aquí tus límites; ésta sea tu justa circunferencia, oh Mundo!’. Así Dios creó los cielos, así la Tierra, materia sin forma y vacía. Una oscuridad profunda cubría el Abismo; pero sobre la acuosa calma extendió sus alas protectoras el Espíritu de Dios e infundió virtud vital, y calor vital, por toda la masa fluida, y purgó hacia abajo las negras, tartáreas, frías y infernales heces, adversas a la vida; fundó entonces, y conglobó lo semejante con lo semejante, separando lo demás en distintos lugares, y entre ellos hiló el aire, y la Tierra, en sí misma equilibrada, pendió de su centro.
“¡Hágase la luz!», dijo Dios; y al punto la luz etérea, primera de las cosas, quintaesencia pura, brotó del Abismo, y desde su cuna oriental emprendió su viaje a través de la penumbra aérea, esferada en una nube radiante, pues aún no existía el sol; ella moró entre tanto en un