sin licencia, desde sus confines prescritos en el Infierno! ¡Cuán sabio juzga, sin embargo, huir del dolor y escapar de su castigo! ¡Juzga tú así todavía, presumido, hasta que la ira, que atraes sobre ti al huir, salga al encuentro de tu huida multiplicada por siete, y azote de vuelta al Infierno esa sabiduría, que aún no te enseñó nada mejor, de que ningún dolor puede igualar a la cólera infinita provocada! Pero, ¿por qué tú solo? ¿Por qué no vino contigo todo el Infierno desatado? ¿Es para ellos el dolor menos dolor, menos digno de ser huido? ¿O eres tú menos osado que ellos para soportarlo? Valeroso jefe, el primero en huir del dolor, si le hubieras aducido a tu desertado ejército esta causa de la huida, ciertamente no habrías venido como el único
A lo que el Demonio así respondió, con ceño severo:
“No porque sufra menos, ni rehúya el dolor, ¡Ángel insultante!, bien sabes que resistí tu furia mayor, cuando en la batalla en tu ayuda el trueno de fulminantes salvas hizo toda presteza, y secundó tu lanza, por lo demás no temida. Mas tus palabras a la ligera, como antes, demuestran tu inexperiencia de lo que requiere, tras duras pruebas y malos éxitos pasados, un líder fiel; no arriesgarlo todo por vías de peligro por él mismo no probadas. Yo, por tanto, yo solo, primero emprendí volar por el Abismo desolado, y espiar este Mundo recién creado, de cuya fama no se calla el Infierno; con esperanza aquí de hallar mejor morada, y a mis huestes afligidas establecer aquí en la Tierra, o en el aire medio; aunque para poseerlo deba probar una vez más lo que tú y tus alegres legiones os atrevéis a enfrentar; cuya tarea más fácil fuera servir a su Señor allá arriba en el Cielo, con cánticos loar su trono, y con distancias practicadas hacer reverencias, no combatir.”