«Eva, tu desprecio de la vida y el placer parece demostrar en ti algo más sublime y excelente que lo que tu mente desdeña; mas buscar por ende la autodestrucción refuta esa excelencia pensada en ti, e implica, no tu desprecio, sino angustia y pesar por la pérdida de la vida y el placer amados en exceso».
O si codicias la muerte, como fin último de la miseria, creyendo así evadir la pena pronunciada, no dudes que Dios ha armado su ira vengativa con más sabiduría que para dejarse anticipar; mucho más temo que la muerte así arrebatada no nos exima del dolor que por sentencia debemos pagar; más bien tales actos de contumacia provocarán al Altísimo a hacer que la muerte viva en nosotros.
Busquemos entonces una resolución más segura, que me parece tener a la vista, recordando con atención parte de nuestra sentencia, de que tu simiente herirá la cabeza de la serpiente; ¡pobre compensación!, a menos que se refiera a aquel que sospecho, nuestro gran enemigo, Satanás, que en la serpiente ha urdido contra nosotros este engaño. Aplastarle la cabeza sería una verdadera venganza, la cual se perderá por la muerte que nos traigamos, o por unos días sin hijos según propones;