¡Salve, luz santa, primogénito retoño del Cielo! ¿O puedo nombrarte sin culpa rayo coeterno del Eterno? Ya que Dios es luz, y nunca sino en luz inaccesible habitó desde la eternidad, habitó entonces en ti, ¡luminosa efusión de luminosa esencia increada!
O bien prefieres llamarte puro Arroyo Etéreo, ¿cuya fuente quién dirá? Antes del sol, antes de los Cielos, fuiste, y a la voz de Dios, como con un manto, investiste el naciente Mundo de aguas oscuras y profundas, ¡ganado al infinito vacío y sin forma!
A ti visito ahora con más audaz vuelo, salvado del lago estigio, aunque largo tiempo retenido en esa oscura morada, mientras en mi vuelo, llevado a través de la total y de la mediana oscuridad, con acentos distintos a los de la lira orfeica canté al Caos y a la eterna Noche; enseñado por la Musa Celestial a aventurarme a bajar el oscuro descenso, y a volver a subir, aunque difícil y raro: a ti te visito a salvo, y siento tu soberana lámpara vital; mas tú no visitas estos ojos, que giran en vano para hallar tu rayo penetrante, y no hallan aurora; tanta gota serena ha apagado sus orbes, o una tenue efusión los ha velado.
Aun así no ceso de vagar donde las Musas frecuentan el claro manantial, o la umbría arboleda, o la colina soleada, herido por el amor del canto sagrado; mas sobre todo a ti, Sión, y a los arroyos floridos que hay debajo, que lavan tus pies sagrados, y fluyen murmurantes, te visito de noche; ni a veces olvido a aquellos otros dos iguales a mí en destino, pudiera yo igualarme a ellos en renombre, el ciego Tamiris y el ciego Meónides, y Tiresias y Fineo, profetas antiguos: entonces me alimento de pensamientos que mueven espontáneos números armoniosos; como el ave vigilante canta en la oscuridad, y escondida en la espesura más sombría entona su nota nocturna.