Abdiel, que a nadie cedía en el celo con que adoraba a la Deidad y obedecía los mandatos divinos, se puso en pie, y en una llama de severo celo se opuso así al curso de su furor:
“¡Oh argumento blasfemo, falso y soberbio! Palabras que ningún oído en el cielo esperó jamás escuchar, y menos de ti, ingrato, ¡estando tú mismo tan alto por encima de tus pares! ¿Puedes con impía calumnia condenar el justo decreto de Dios, pronunciado y jurado, de que ante su único Hijo, investido por derecho con cetro real, toda alma en el cielo doble la rodilla y, en ese debido honor, lo confiese Rey legítimo? Injusto, dices, rotundamente injusto, atar con leyes a los libres, y sobre iguales dejar reinar a un igual, ¡a uno solo sobre todos con poder sin sucesión!”.
¿Darán leyes a Dios? ¿Disputaréis Con Él los puntos de libertad, quien hizo Lo que sois, y formó las potestades Del Cielo tal cual quiso, y circunscribió Su ser? Con todo, por experiencia doctos, Sabemos cuán benigno, y de nuestro bien Y dignidad cuán providente es Él, Muy lejos de pensar en menoscabarnos; Antes inclinado a exaltar Nuestro feliz estado, bajo una cabeza más cerca Unidos.