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nydus/Paradise LostPublic
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Libro IX

De su mano lacia la guirnalda ceñida para Eva Cayó al suelo, y se desgranaron todas las rosas marchitas.

Mudo quedó y pálido, hasta que al fin rompió consigo mismo su interior silencio:

“Oh, de la creación la más hermosa, la última y la mejor de todas las obras de Dios, criatura en quien descolló cuanto a la vista o al pensamiento puede formarse, ¡santa, divina, buena, amable o dulce!

¡Cómo te has perdido! ¡Cómo de pronto te has perdido, desfigurada, desflorada y ahora consagrada a la muerte! Más bien, ¿cómo has cedido a transgredir la estricta prohibición, cómo a violar el sagrado fruto prohibido?

Algún maldito fraude de un enemigo te ha engañado, aún desconocido, y a mí conmigo ha arruinado; pues contigo es firme mi resolución de morir: ¿Cómo puedo vivir sin ti? ¿Cómo renunciar a tu dulce trato y al amor tan entrañablemente unido, para volver a vivir solitario en estos bosques agrestes?

Si Dios creara otra Eva, y yo otra costilla ofreciera, aun así la pérdida de ti jamás se apartaría de mi corazón; ¡no, no! Siento que el vínculo de la naturaleza me arrastra: carne de mi carne, hueso de mis huesos eres, y de tu suerte jamás se apartará la mía, en la dicha o en la pena.”

Así habiendo dicho, cual quien de triste desaliento Reconfortado, y, tras turbados pensamientos, Sometiéndose a lo que parecía irremediable, Así en calma actitud dirigió sus palabras a Eva:

“Audaz hazaña has emprendido, Eva aventurera, y gran peligro has provocado, tú que así has osado, aunque solo hubiera sido codiciar con

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