Y Dios hizo dos lumbreras grandes, grandes para su uso Para el Hombre, la mayor para regir de día, La menor de noche, alternas; y creó las estrellas, Y las puso en el firmamento del cielo Para iluminar la Tierra, y regir el día En su vicisitud, y regir la noche, Y separar la luz de las tinieblas. Dios vio, Al contemplar su gran obra, que era buena: Pues, de los cuerpos celestes, primero el sol, Esfera poderosa, forjó, sin luz al principio, Aunque de molde etéreo; luego formó la luna Globosa, y toda magnitud de estrellas, Y sembró el cielo de estrellas espeso como un campo.
De luz la gran porción mayor tomó, Trasplantada de su nubloso templo, y puesta En el orbe del sol, hecho poroso Para recibir y beber la líquida luz, Firme para retener sus rayos congregados, Gran palacio ahora de la luz. Hacia aquí, como a su fuente, las demás estrellas Acudiendo, en sus urnas de oro extraen luz, Y de aquí el lucero matutino dora sus cuernos; Por tintura o reflejo aumentan Su pequeña propiedad, aunque, de la humana vista Tan remota, con merma sean vistas.
Primero en su oriente se vio la gloriosa lámpara, regente del día, y todo el horizonte circundante revestido de rayos brillantes, alegre de correr su longitud por el alto camino del cielo; el alba gris y las Pléyades danzaban ante él, derramando dulce influencia. Menos brillante la luna, pero opuesta en el poniente nivelado, estaba colocada, su espejo, con faz llena pidiendo su luz a él, pues otra luz no menesterosa en aquel aspecto, y aún esa distancia guarda hasta la noche; luego en el oriente brilla a su turno, vuelta sobre el gran eje del cielo, y su reinado con mil luces menores divisible sostiene, con mil y mil estrellas, que entonces aparecieron tachonando el hemisferio. Entonces por primera vez adornados con sus brillantes lumbreras, que se ponían y salían, la alegre tarde y la alegre mañana coronaron el cuarto día.
“Y Dios dijo: ‘¡Que las aguas engendren reptiles con desove abundante, alma viviente; y que las aves vuelen sobre la Tierra, con alas desplegadas