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nydus/Paradise LostPublic
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Libro IX

Pero el ardiente infierno que en su interior siempre arde, Aunque en pleno Cielo, pronto acabó su deleite, Y ahora le atormenta más, cuanto más ve Del placer que para él no fue ordenado; luego pronto El fiero odio recobra, y todos sus pensamientos De maldad, regocijándose, así excita:

“Pensamientos, ¿adónde me habéis guiado? ¿Con qué dulce compulsión así transportado a olvidar lo que aquí nos trajo? Odio, no amor, ni esperanza del Paraíso por el Infierno, esperanza aquí de gustar del placer, sino todo placer destruir, salvo el que está en destruir; otro gozo se ha perdido para mí. ¡No deje pasar entonces la ocasión que ahora sonríe: ved sola a la mujer, propicia a todos los intentos, su marido, pues miro bien lejos, no está cerca, cuyo mayor intelecto rehúyo aún más, y su fuerza, de altivo valor, y de miembros heroicamente formados, aunque de molde terrestre; enemigo no poco formidable, exento de heridas, yo no; tanto me ha debilitado el Infierno, y el dolor me ha enfeblecido, respecto a lo que era en el Cielo. Ella hermosa, divinamente hermosa, amor digno de Dioses, no terrible, aunque haya terror en el amor y la belleza, inaccesible a un odio más fuerte, odio más fuerte bajo el disfraz de un amor bien fingido— el camino por el que ahora voy hacia su ruina”.

Así habló el Enemigo del género humano, encerrado en serpiente, huésped infame, y hacia Eva emprendió su camino —no con ondulante andar, postrado en tierra, como desde entonces, sino sobre su parte trasera, base circular de pliegues ascendentes, que se alzaban pliegue sobre pliegue, laberinto oleajeante; su cabeza erguida en lo alto, y carbuncos sus ojos; con brillante cuello de oro verdoso, erguido en medio de sus círculos concéntricos, que sobre la hierba flotaban desbordantes. Agradable era su forma y encantadora; jamás desde entonces de la estirpe de las serpientes otra más encantadora; ni aquellas que en Iliria transformaron a Harmonía y Cadmo, ni el dios en Epidauro; ni a las que transformado se vio el Júpiter amonio, o el capitolino, aquel con Olimpias, este con la que dio a luz a Escipión, la cumbre de Roma.

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