Fuentes, y vosotras que goteáis, al fluir, murmullos melodiosos, entonad su alabanza.
Unid vuestras voces, almas todas vivientes; aves que, cantando, a la puerta del cielo ascendéis, llevad en vuestras alas y en vuestras notas su alabanza.
Vosotros que en las aguas os deslizados, y vosotros que camináis la tierra, y con paso altivo marcháis, o humildemente os arrastráis, testigos sed de si guardo silencio, al alba o al atardecer, ante el monte o el valle, la fuente o la fresca sombra, hechos vocales por mi canto, y enseñados a entonar su alabanza.
¡Salve, Señor universal! sé siempre generoso para darnos solo el bien; y si la noche ha reunido algo de mal, o lo ha ocultado, disprésalo, como ahora la luz disipa la oscuridad.
Así oraban ellos, inocentes, y en sus pensamientos pronto recuperaron la paz firme y la calma acostumbrada.
A su labor campestre matutina se apresuran, Entre dulces rocíos y flores; donde alguna hilera De frutales muy boscosos extendía demasiado Sus ramas mimadas, y necesitaba manos que frenaran Abrazos infructuosos: o guiaban a la vid Para desposarla con su olmo; ella, ya esposa, enrosca en él Sus brazos núbiles, y con él trae Su dote, los racimos adoptados, para adornar Sus hojas yermas.
Así ocupados los vio con piedad el Rey supremo del cielo, y llamó a Rafael, el Espíritu sociable, que se dignó viajar con Tobías, y aseguró sus nupcias con la doncella siete veces casada.
“Rafael —dijo él—, oyes qué alboroto en la Tierra Satanás, del Infierno escapado por el tenebroso golfo, ha levantado en el Paraíso, y cuán turbada esta noche la pareja humana; cómo planea en ellos de un golpe arruinar a todo el género humano.